DÍA DE NUESTRAS FUERZAS ARMADAS: GRAN RESPONSABILIDAD SOCIAL

A raíz de la sentencia contra el general Edwin Donayre, nuestro columnista, Oswaldo Zapata, analiza cómo políticos y oficiales se resisten a sancionar hasta al último mal elemento

Hoy 24 de setiembre, es el día de las Fuerzas Armadas del Perú y también se rinde culto a su patrona, la Virgen de las Mercedes. Los ánimos de la nación peruana están exacerbados y devastados; y aunque no haya mucho que celebrar debemos enaltecer las memorias de nuestros ínclitos héroes Bolognesi, Grau y Quiñones.

Desde la eternidad iluminan el quehacer de nuestras FFAA y permiten el cumplimiento de su finalidad primordial. Nos gustaría saber qué piensan los líderes militares de la nación respecto a la podredumbre moral de nuestra clase política, qué piensan el jefe del Comando Conjunto y los comandantes generales de las instituciones armadas.

Hace 18 años, postgobierno de Alberto Fujimori, empezaron las reformas en el sector castrense. Estas incluyeron cambios en su formación militar y ciudadana, normatividad legal, precisión de su rol social e inclusive la clase política de turno, tuvo la insensatez de preguntarse “¿era necesario o no disponer de una Fuerza Armada en el Perú?”

Se pensaba en una Guardia Nacional. El tema de la corrupción de la época fue afrontado de diferente forma en las FFAA: en Marina de Guerra y Fuerza Aérea cerraron filas, y el almirante Antonio Ibárcena Amico y el general Elesván Bello decidieron recibir de pecho toda la artillería pesada de los jueces y fiscales anticorrupción. En el Ejército se implementó una estrategia “tiradedo”, y por esa razón fueron a la cárcel más de 30 generales.

Durante el gobierno provisional de Valentín Paniagua, los comandantes generales del Ejército, Carlos Tafur Ganoza y José Cacho Vargas, no hicieron absolutamente nada por deslindar ante la opinión pública y sociedad peruana, que la gran mayoría del Ejército eran dignos oficiales generales, superiores, subalternos, técnicos y suboficiales, y no parte de la organización criminal de los generales fujimontesinistas.

Sin embargo, recibieron el mismo trato que los delincuentes que integraron las cúpulas castrenses corruptas.

En 2001, Alejandro Toledo era el nuevo presidente del Perú, y su frase “Separaremos la paja del trigo”, solo fue declarativa. Se iniciaron las reformas en el sector Defensa, con ministros civiles que no tenían experiencia en materia de Seguridad y Defensa Nacional.

Miraban con recelo y desconfianza a unas FFAA con deuda social, con vinculaciones políticas y desprestigiadas por casos de corrupción. El ministro de Defensa tenía la necesidad de ayudarse y aliarse con alguna de ellas. Con el Ejército, imposible; Fuerza Aérea podría ser; la menos comprometida era la multirol, imprescindible y siempre disponible Marina de Guerra, que se encargó de “navalizar” todo el aparato temático militar. No había nada que se aprobara, que no pasara por su supervisión y visto bueno.

En el Ejército el período fue cubierto por los comandantes generales Víctor Bustamante, Roberto Chiabra, José Graham, Luís Muñoz y César Reinoso, quienes adoptaron el guion “anti Hermoza – Montesinos – Fujimori” en esta novela.

Era un buen negocio mostrarse como víctima de las cúpulas castrenses fujimontesinistas, y a más de uno le dio excelentes resultados. Durante el gobierno de Alan García (2006-2011), sucede un episodio nunca antes visto en el Ejército: se toman medidas contra la corrupción y son pasados al retiro todos los generales de División, excepto uno.

No precisamente era el más honrado. Era el menos antiguo. Sencillamente, Edwin Donayre. A lo largo del período presidencial también estuvieron los generales Otto Guibovich Arteaga y Paúl Da Silva Gamarra.

Aunque el período humalista necesitaría de varios volúmenes para explicar la corrupción de sus cúpulas militares, sus más connotados lugartenientes y sirvientes fueron los comandantes generales Ricardo Moncada Novoa, Ronald Hurtado Jiménez y Luís Ramos Hume, el de la famosa frase “Para ser militar no hay que ser inteligente, sino leal”.

Las reformas en las FFAA, parecen ser una preferencia en los planes de gobierno de todos los candidatos a la Presidencia de la República. Sin embargo, hasta la fecha lo único que se ha logrado construir es un prototipo de militar que rinde culto a la pasividad absoluta, resignación con lo que viene sucediendo en el país, convivencia con la inmundicia política e inacción ante el desmoronamiento y corrupción del aparato público. Los responsables de las reformas han conseguido un militar silenciado, sin reflexión expresa y sin pronunciamiento institucional.

Dos ex comandantes generales del Ejército, César Reynoso Díaz y Edwin Donayre Gotzch, han sido sentenciados por corruptos, al haberse apropiado de recursos públicos (combustible). En otras palabras, ¿ningún otro jefe del Ejército, anterior o posterior a ellos, negoció gasolina?

Es muy extraño que ninguno haya declarado al respecto y es que la frase “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra” aplica perfectamente. El denunciante e investigador general Francisco Vargas Baca, es un “valiente circunstancial”. Lo ideal hubiera sido, que en su condición de inspector general, ampliara su investigación a gestiones anteriores y no centrarse a las administraciones Reynoso – Donayre.

Detrás de todo parecería un gran lío entre oficiales del arma de Ingeniería que alcanzó consecuencias incontrolables. El ministro José Huerta no debe esperar un minuto más para ordenar que sus “nombres y apellidos” de estos oficiales, sean retirados de la galería de ex comandantes generales del Cuartel General del Ejército, como hicieron con los generales Hermoza, Saucedo, Villanueva y Chacón.

El arquetipo de militar que nuestros inalcanzables héroes Francisco Bolognesi, Abelardo Quiñonez y Miguel Grau y que nuestra patria exige es: Fuerzas Armadas unidas, con un excelso valor para exponer su desacuerdo ante los líderes políticos, cuando de proteger los intereses nacionales se trate y apoyar las decisiones políticas cuyo fin último sea la de preservar el orden democrático.

Existe un compromiso de las Fuerzas Armadas con el pueblo peruano integrados en un solo ideal. El legado impone y exige determinaciones para construir el futuro y desarrollo que anhelamos en nuestro querido Perú. Las FFAA responden al clamor del pueblo peruano y no a los gobiernos ilegítimos y corruptos. Las FFAA deben obediencia a la Constitución.

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